domingo, 25 de enero de 2026

OBSESIÓN POR LOS MERENGUES



Apenas mi madre cerró la puerta, salté del colchón y escuché, con el oído pegado a la puerta de la habitación, los pasos que se iban alejando por el largo pasillo. Cuando dejé de oirlos, me abalancé hacia la cocina de carbón y hurgué en una de las hornillas que no se utilizaban. ¡Allí estaba! Extrayendo la bolsita de cuero, conté una por una las monedas (había aprendido a contar jugando a las canicas) y vi, asombrado que había diez pesetas. Le eché cinco al bolsillo y guardé el resto. Ahora tenía lo suficiente para realizar un hermoso proyecto. Después no faltaría una excusa. En esas calles de la parte vieja de mi pueblo, las puertas siempre estaban entreabiertas y los vecinos tenían cara de sospechosos. Me até los cordones de los zapatos y salí hacia la calle. En el camino iba pensando si invertir todo el dinero o sólo parte de él. Y el recuerdo de los merengues (blancos, puros, vaporosos) lo decidieron por el gasto total. ¿Cuánto tiempo hacía que los observaba por la vidriera hasta sentir una saliba amarga en la garganta? Hacía ya varios meses que pasaba por la pastelería de la esquina y sólo me contentaba con mirar. El dependiente ya me conocía y siempre que me veía entrar, me daba un coscorrón y me decía: ¡Sal de aquí, muchacho, que molestas a los clientes! Y los clientes, que eran hombres gordos con tirantes o mujeres viejas con bolsas, me aplastaban, me pisaban y desmantelaban la tienda. Yo recordaba, sin embargo, algunas escenas amables. Un señor, al percatarse un día de la ansiedad de mi mirada, me preguntó mi nombre, mi edad, si estaba en el colegio, si tenía padres y por último me obsequió con una rosquilla. Yo hubiera preferido un merengue pero intuía que al ser un favor no se podía elegir. También, un día, la hija del pastelero me regaló un pan de yema que estaba un poco duro. ¡Páralo! dijo, aventándolo por encima del mostrador. Tuve que hacer un gran esfuerzo a pesar de lo ello cayó el pan al suelo y, al recogerlo, me acordé de mi perro, cuando le tiraba un hueso y de un salto lo enganchaba. Pero no era el pan de yema ni las rosquillas lo que me atraía: yo sólo amaba los merengues. A pesar de no haberlos probado nunca conservaba viva la imagen de varios chicos que se los llevaban a la boca, como si fueran copos de nieve, ensuciándose los labios. Desde aquel día, los merengues constituían mi obsesión. Cuando llegé a la pastelería, había muchos clientes, ocupando todo el mostrador. Esperé que se despejara un poco el escenario pero no pudiendo resistir más, comencé a empujar. Ahora no sentía vergüenza alguna y como tenía dinero me creía con cierta autoridad y me daba derecho a codearme con los hombres de tirantes. Después de mucho esfuerzo, mi cabeza apareció en primer plano, ante el asombro del dependiente. ¿Ya estás aquí? ¡Vamos saliendo de la tienda! Pero, lejos de obedecer, me erguí con una expresión de triunfo y grité: ¡Cinco pesetas de merengues! Mi voz hizo callar el bullicio de la pastelería y se hizo un silencio curioso. Algunos me miraban, intrigados, pues era sorprendente ver a un niño comprar tanta empalagosa golosina. El dependiente no me hizo caso y pronto el barullo se reinició. Quedé algo desconcertado, pero estimulado por un sentimiento de poder repetí: ¡Cinco pesetas de merengues! El dependiente me miró esta vez con cierta perplejidad pero continuó despachando a los otros clientes. ¿No ha oído? insistí ya excitado. ¡Quiero cinco pesetas de merengues! El empleado se acercó esta vez y me tiró de la oreja. ¿Estás bromeando, pajarito? ¡A ver, enséñame el dinero! Sin poder disimular mi orgullo, eché sobre el mostrador el puñado de monedas. El dependiente contó el dinero. ¿Y quieres que te dé todo esto en merengues? Sí le contesté con una convicción que despertó la risa de algunos. Buen empacho te vas a dar, comentó alguien. Me volví. Al notar que era observado, me sentí abochornado. Como el pastelero parecía que lo olvidaba, repití: Déme los merengues, entonces comprendí que, por razones que no entendía, estaba pidiendo casi un favor. ¿Vas a salir o no? me  increpó el dependiente, ¡Despácheme antes! ¿Quién te ha encargado que compres esto? Mi madre. Debes haber oído mal. ¿cinco pesetas? Anda a preguntarle de nuevo o que te lo escriba en un papelito. Quedé un momento pensativo. Extendí la mano hacia el dinero y lo fuí retirando lentamente. Pero al ver los merengues a través de la vidriería,  ya no exigí sino que rogué con una voz entrecortada: ¡Déme, pues, cinco pesetas de merengues! Al ver que el dependiente se acercaba con mala cara,  repití más moderado: —¡Aunque sea dos pesetas, nada más! El empleado, entonces, se inclinó por encima del mostrador y me dio el cocotazo acostumbrado pero a mi me pareció que esta vez llevaba una fuerza definitiva. —¡Quita de aquí! ¿Estás loco? ¡Anda a hacer bromas a otro lugar! Salí furioso de la pastelería. Con el dinero apretado entre los dedos y los ojos húmedos, vagabundeé por los alrededores. Pronto llegué a los barrancos. Sentándome en lo alto contemplando el río Ebro. Me pareció en ese momento difícil dejar el dinero en el mismo sitio sin ser descubierto y fuí arrojando las monedas una a una, haciéndolas tintinear sobre las piedras. Al hacerlo, iba pensando que esas monedas nada valían en mis manos, y en ese día cuando fuera  grande les daría un escarmiento a todos esos hombres, al dependiente de la pastelería y hasta a las urracas que graznaban indiferentes a mi alrededor.

J. Plou


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