domingo, 22 de marzo de 2026

Discurso cumpleaños de Pili

 Querida mía,

familia, amigos, y todos los que hoy nos acompañan:

Hoy celebramos algo más que un cumpleaños.
Hoy celebramos 71 años de una vida hermosa, y para mí, el privilegio de haber compartido más de la mitad de ella contigo.

Hace ya 51 años, en tu querido pueblo de Villanueva de San Carlos, ocurrió algo que cambió mi vida para siempre.
Allí sentí por primera vez lo que era el amor de verdad.
No fue un simple encuentro, fue —como dicen— un impacto directo al corazón.
Y lo más maravilloso es que ese impacto no se ha ido nunca.

Desde aquel día, hemos caminado juntos por la vida.
Hemos vivido alegrías, desafíos, momentos inolvidables y también pruebas que nos hicieron más fuertes.
Pero en todo ese tiempo, siempre hubo algo constante:
tu compañía, tu cariño y tu forma de hacer hogar allí donde estuviéramos.

Has sido mi compañera, mi apoyo, mi calma en los días difíciles y mi alegría en los días felices.
Has sido una mujer valiente, generosa y llena de amor.
Y si hoy somos una familia, si hoy estamos rodeados de personas que nos quieren, es en gran parte gracias a ti.

Quiero que sepas, delante de todos, algo que he sentido cada día desde que te conocí:
volvería a elegirte una y mil veces.

Porque contigo aprendí que el amor no es solo un sentimiento,
es paciencia, es respeto, es compartir la vida…
y es seguir mirándonos con cariño después de tantos años.

Hoy, en tu 71 cumpleaños, quiero darte las gracias:
por tu amor, por tu dedicación, por tu sonrisa,
y por estos 51 años de historia juntos que han sido el mayor regalo de mi vida.

Y quiero decirte algo muy sencillo, pero muy verdadero:

Te sigo queriendo hoy más que ayer,
y menos que mañana.

Feliz cumpleaños, amor de mi vida.
Brindo por ti, por nosotros, y por todo lo que aún nos queda por vivir.

miércoles, 18 de marzo de 2026

DULCE AMOR (Victoriano Cremer)


DULCE AMOR

Las cosas suceden así,
sencillamente:

Vuelven del trabajo
con sabor de cal viva entre los dientes.
la esposa les contempla con costumbre.
-¿Quién dice amor, si la palabra estalla?-.

Y cogen del pan,
como si fuera barro y arena,
un puñado tan sólo.
(Es pan de pobres, desalado y negro
y triste como el silencio de la casa toda.)

Y se marchan.

(La esposa les oye cerrar la puerta,
pero no dice nada. ¡Está tan cansada!
Prefiere aquella fría soledad
con olor de abandono.

Pudiera recordar su juventud y dormir,
pero ¿quién sueña o duerme?
Los pobres no recuerdan;
mueren como las piedras roídas de las murallas.

Ellos, en tanto, beben
un agrio vino con sabor de azufre;
y si ríen y gritan y golpean,
es porque -¡Dios, qué vida!-
da rabia beber sin alegría.

Acaso entonces lleguen hombres
de esos que velan por la paz de las familias,
y les hablen del dulce amor de las esposas
y del descanso junto al fuego,
escuchando, por la radio, una dulce canción,
mientras los niños buscan en el atlas
países coronados de yedras o corales...

Si esto sucede, gritan con más fuerza
y beben más vino agrio con sabor de azufre,
hasta que ya no saben dónde tienen los ojos,
ni por qué les duele el corazón.

Les arrojan con prisa.
La calle es larga, y en el firmamento
las estrellas relucen.

Regresan a la casa -¡oh dulce hogar!- llorando.
La esposa les contempla con costumbre.
-¿Quién dice amor, si la palabra estalla?-.

Victoriano Crémer  


martes, 24 de febrero de 2026

La Banca Digital: Un Nuevo Paradigma Monetario



domingo, 25 de enero de 2026

OBSESIÓN POR LOS MERENGUES



Apenas mi madre cerró la puerta, salté del colchón y escuché, con el oído pegado a la puerta de la habitación, los pasos que se iban alejando por el largo pasillo. Cuando dejé de oirlos, me abalancé hacia la cocina de carbón y hurgué en una de las hornillas que no se utilizaban. ¡Allí estaba! Extrayendo la bolsita de cuero, conté una por una las monedas (había aprendido a contar jugando a las canicas) y vi, asombrado que había diez pesetas. Le eché cinco al bolsillo y guardé el resto. Ahora tenía lo suficiente para realizar un hermoso proyecto. Después no faltaría una excusa. En esas calles de la parte vieja de mi pueblo, las puertas siempre estaban entreabiertas y los vecinos tenían cara de sospechosos. Me até los cordones de los zapatos y salí hacia la calle. En el camino iba pensando si invertir todo el dinero o sólo parte de él. Y el recuerdo de los merengues (blancos, puros, vaporosos) lo decidieron por el gasto total. ¿Cuánto tiempo hacía que los observaba por la vidriera hasta sentir una saliba amarga en la garganta? Hacía ya varios meses que pasaba por la pastelería de la esquina y sólo me contentaba con mirar. El dependiente ya me conocía y siempre que me veía entrar, me daba un coscorrón y me decía: ¡Sal de aquí, muchacho, que molestas a los clientes! Y los clientes, que eran hombres gordos con tirantes o mujeres viejas con bolsas, me aplastaban, me pisaban y desmantelaban la tienda. Yo recordaba, sin embargo, algunas escenas amables. Un señor, al percatarse un día de la ansiedad de mi mirada, me preguntó mi nombre, mi edad, si estaba en el colegio, si tenía padres y por último me obsequió con una rosquilla. Yo hubiera preferido un merengue pero intuía que al ser un favor no se podía elegir. También, un día, la hija del pastelero me regaló un pan de yema que estaba un poco duro. ¡Páralo! dijo, aventándolo por encima del mostrador. Tuve que hacer un gran esfuerzo a pesar de lo ello cayó el pan al suelo y, al recogerlo, me acordé de mi perro, cuando le tiraba un hueso y de un salto lo enganchaba. Pero no era el pan de yema ni las rosquillas lo que me atraía: yo sólo amaba los merengues. A pesar de no haberlos probado nunca conservaba viva la imagen de varios chicos que se los llevaban a la boca, como si fueran copos de nieve, ensuciándose los labios. Desde aquel día, los merengues constituían mi obsesión. Cuando llegé a la pastelería, había muchos clientes, ocupando todo el mostrador. Esperé que se despejara un poco el escenario pero no pudiendo resistir más, comencé a empujar. Ahora no sentía vergüenza alguna y como tenía dinero me creía con cierta autoridad y me daba derecho a codearme con los hombres de tirantes. Después de mucho esfuerzo, mi cabeza apareció en primer plano, ante el asombro del dependiente. ¿Ya estás aquí? ¡Vamos saliendo de la tienda! Pero, lejos de obedecer, me erguí con una expresión de triunfo y grité: ¡Cinco pesetas de merengues! Mi voz hizo callar el bullicio de la pastelería y se hizo un silencio curioso. Algunos me miraban, intrigados, pues era sorprendente ver a un niño comprar tanta empalagosa golosina. El dependiente no me hizo caso y pronto el barullo se reinició. Quedé algo desconcertado, pero estimulado por un sentimiento de poder repetí: ¡Cinco pesetas de merengues! El dependiente me miró esta vez con cierta perplejidad pero continuó despachando a los otros clientes. ¿No ha oído? insistí ya excitado. ¡Quiero cinco pesetas de merengues! El empleado se acercó esta vez y me tiró de la oreja. ¿Estás bromeando, pajarito? ¡A ver, enséñame el dinero! Sin poder disimular mi orgullo, eché sobre el mostrador el puñado de monedas. El dependiente contó el dinero. ¿Y quieres que te dé todo esto en merengues? Sí le contesté con una convicción que despertó la risa de algunos. Buen empacho te vas a dar, comentó alguien. Me volví. Al notar que era observado, me sentí abochornado. Como el pastelero parecía que lo olvidaba, repití: Déme los merengues, entonces comprendí que, por razones que no entendía, estaba pidiendo casi un favor. ¿Vas a salir o no? me  increpó el dependiente, ¡Despácheme antes! ¿Quién te ha encargado que compres esto? Mi madre. Debes haber oído mal. ¿cinco pesetas? Anda a preguntarle de nuevo o que te lo escriba en un papelito. Quedé un momento pensativo. Extendí la mano hacia el dinero y lo fuí retirando lentamente. Pero al ver los merengues a través de la vidriería,  ya no exigí sino que rogué con una voz entrecortada: ¡Déme, pues, cinco pesetas de merengues! Al ver que el dependiente se acercaba con mala cara,  repití más moderado: —¡Aunque sea dos pesetas, nada más! El empleado, entonces, se inclinó por encima del mostrador y me dio el cocotazo acostumbrado pero a mi me pareció que esta vez llevaba una fuerza definitiva. —¡Quita de aquí! ¿Estás loco? ¡Anda a hacer bromas a otro lugar! Salí furioso de la pastelería. Con el dinero apretado entre los dedos y los ojos húmedos, vagabundeé por los alrededores. Pronto llegué a los barrancos. Sentándome en lo alto contemplando el río Ebro. Me pareció en ese momento difícil dejar el dinero en el mismo sitio sin ser descubierto y fuí arrojando las monedas una a una, haciéndolas tintinear sobre las piedras. Al hacerlo, iba pensando que esas monedas nada valían en mis manos, y en ese día cuando fuera  grande les daría un escarmiento a todos esos hombres, al dependiente de la pastelería y hasta a las urracas que graznaban indiferentes a mi alrededor.

J. Plou