viernes, 30 de abril de 2021

Viaje a Brobdingnag (Gulliver)



Los viajes de Gulliver: viaje a Brobdingnag

Lemuel Gulliver, intrépido navegante, supo desde muy joven que estaba destinado a las largas travesías. En este fragmento se cuenta su relato de un viaje extraordinario.

La llegada de Gulliver

Mi nombre es Lemuel Gulliver, y nunca he podido resistirme a la llamada de la aventura. Después de vivir la increíble experiencia en Liliput, un país donde los habitantes eran tan pequeños que yo parecía un gigante, regresé a casa pensando que mi vida de viajes había terminado. Pero el mar siempre ha sido mi hogar, y mi naturaleza inquieta me llevó a embarcarme nuevamente en el Adventure, un barco que zarpaba hacia Surat, en la India.

Todo marchaba bien hasta que una violenta tormenta nos desvió de nuestro rumbo. Después de días de lucha contra el viento y las olas, vimos tierra y decidimos enviar una lancha para explorar y buscar agua. Me ofrecí voluntario para acompañar a los marineros en esta misión, deseoso de descubrir algo nuevo. Al desembarcar en una playa tranquila, comencé a caminar solo, explorando el terreno. No había rastros de personas ni fuentes de agua. Estaba cansado y a punto de regresar cuando vi una escena aterradora. 

Nuestros marineros remaban desesperadamente hacia el barco, y detrás de ellos, una figura gigantesca los perseguía a través del agua. A pesar de su tamaño, la criatura no pudo alcanzarlos, pero el miedo me invadió, y hui rápidamente hacia el interior de la isla. A medida que avanzaba, descubrí algo aún más sorprendente. Las plantas eran enormes: la hierba en los campos medía más de veinte metros de altura, y lo que parecía trigo o cebada se elevaba como un bosque sobre mi cabeza. Me sentí diminuto, casi como un insecto en medio de una selva gigantesca. Me preguntaba si había caído en una tierra como Liliput, donde yo era un gigante, pero al revés.Mientras pensaba en mi situación, vi algo que me heló la sangre. 

Un hombre gigantesco, tan alto como una torre, caminaba hacia mí. Me escondí entre las plantas, temblando de miedo, pero no pude ocultarme por mucho tiempo. El gigante se acercaba, y detrás de él vinieron más trabajadores, todos armados con hoces enormes que parecían espadas gigantes. Su tarea era segar el campo en el que yo me encontraba. Intenté avanzar para escapar, pero las plantas eran demasiado densas, y estaba atrapado. Sentí que pronto me aplastarían sin darse cuenta de que estaba allí. La desesperación me invadió, y en un último intento por salvarme, grité con todas mis fuerzas. El gigante más cercano se detuvo, sorprendido por el sonido, y me vio. Bajó la mirada y, con cuidado, me recogió entre sus dedos como si fuera una curiosidad diminuta.Me alzó cerca de su cara y, aunque estaba aterrorizado, traté de mantener la calma. Recordé que los liliputienses también me habían tratado como una maravilla, así que junté las manos en señal de súplica y pronuncié algunas palabras en un tono humilde. —Por favor, no me hagas daño —dije, temiendo por mi vida. El gigante me miró con curiosidad. Aunque no entendió mis palabras, pareció darse cuenta de mi miedo y, afortunadamente, no me aplastó. En cambio, me colocó cuidadosamente en el bolsillo de su abrigo y comenzó a caminar rápidamente hacia una casa cercana. 

Cuando llegamos, me llevó ante un hombre que parecía ser su amo, otro gigante, aún más imponente. Este nuevo gigante me observó con interés. Usó una pajita del tamaño de un bastón para mover mi ropa, como si quisiera examinarme mejor. Se inclinó hacia sus trabajadores y, en una voz profunda que retumbaba en mis oídos, les preguntó algo que no pude entender. El gigante me dejó en el suelo, de donde me levanté rápidamente y empecé a caminar para demostrar que era un ser racional. Aunque mis movimientos parecían insignificantes, hice una reverencia, me quité el sombrero y ofrecí una pequeña bolsa de oro como señal de respeto. 

El gigante tomó la bolsa en su enorme mano, la acercó a su ojo y la examinó, pero parecía no comprender su valor. Después de unos momentos, me la devolvió con una expresión de indiferencia. Sin embargo, pareció convencido de que yo era algo más que un simple animal. Su voz retumbo nuevamente. Aunque no comprendía su idioma, parecía estar preguntándome quién era yo.

Le respondí en inglés, luego en francés y en español, esperando que alguno de esos idiomas le fuera comprensible, pero era inútil. Al final, entendí que nuestras lenguas eran completamente diferentes. Pronto, la esposa del gigante llegó, y al verme dio un grito de sorpresa. Al principio, estaba asustada, pero después de que su esposo le mostró cómo me comportaba, comenzó a tratarme con más cuidado. Me ofrecieron comida: un pedazo de carne del tamaño de una rueda de carro y una copa de licor tan grande como un barril. Traté de comportarme educadamente, cortando pequeños trozos de comida con mi cuchillo y haciendo una reverencia después de cada bocado. Los gigantes se reían al ver mis gestos, y aunque el ruido de sus risas casi me dejaba sordo, me sentí aliviado de que no quisieran hacerme daño. Después de comer, el hijo menor del gigante, un niño travieso, me tomó por las piernas y me levantó como si fuera un juguete. Aunque me dolió, no pude evitar recordar cómo los niños en Liliput me admiraban. Pero aquí era al revés: yo era el pequeño, y ellos los gigantes. Afortunadamente, el padre intervino y reprendió al niño, liberándome de su agarre. Esa noche, después de tantas emociones, me sentí agotado. La esposa del gigante me llevó a su lecho, cubriéndome con un pañuelo que para mí era más grande que una vela de barco. Mientras me dormía, no podía dejar de pensar en lo pequeña que era mi vida comparada con la de estos gigantes, y me preguntaba qué otras aventuras me esperarían en esta tierra, que luego de aprender su idioma supe que se llamaba Brobdingnag.


Después de tantas emociones y cansancio, finalmente me quedé dormido. Soñé que estaba en casa, con mi esposa y mis hijos, y por un momento me sentí tranquilo. Pero al despertar, me encontré en un lugar muy diferente. Estaba solo en una habitación gigantesca, que medía entre sesenta y noventa metros de ancho y más de sesenta metros de alto. La cama en la que yacía era enorme, de unos dieciocho metros de ancho. Mi ama, la mujer gigante que me cuidaba, se había ido a hacer sus tareas y me había dejado solo, encerrado. Estaba aún medio dormido cuando algo terrible sucedió. Dos enormes ratas comenzaron a trepar por las cortinas de la cama. Estos animales no eran como las ratas que conocía, eran del tamaño de perros grandes y se movían rápidamente. Las vi correr por encima de la cama, olfateando en todas direcciones. Una de ellas se acercó tanto a mi cara que me asusté muchísimo. Rápidamente saqué mi pequeña espada, decidido a defenderme.
Las ratas eran rápidas y feroces. Una de ellas me atacó, y sentí su pata en mi cuello, pero, por suerte, logré darle un golpe con mi espada y herirla en el vientre. Cayó a mis pies, muerta. La otra, al ver lo que había sucedido, intentó escapar. Le di un corte en el lomo mientras huía, dejando un rastro de sangre en la cama. Después de este enfrentamiento, me quedé de pie, jadeando por el esfuerzo, mientras intentaba calmarme. Estas horribles criaturas podrían haberme matado, si no hubiera estado armado.
Miré el cuerpo de la rata muerta. ¡Era enorme! Medía más de dos metros de largo. No tuve el valor de moverla, y dejé que el cuerpo ensangrentado yaciera en la cama.

Poco después, mi ama volvió a la habitación. Cuando me vio cubierto de sangre, corrió hacia mí, levantándome con cuidado en su mano. Le señalé la rata muerta, sonriendo para mostrarle que no estaba herido. Al ver que estaba bien, se sintió aliviada. Llamó a la criada, quien usó unas enormes tenazas para sacar el cuerpo de la rata de la habitación y tirarlo por la ventana. Después de todo esto, mi ama me colocó en una mesa. Le mostré mi espada, aún manchada de sangre, y la limpié con mi abrigo antes de guardarla nuevamente en su funda. Esa fue mi primera noche en Brobdingnag y también la primera de mis aventuras. Días más tarde los dueños de casa me llevaron ante el rey y la reina del país y con ellos puede recorrer esa tierra en toda su extensión.

Descripción del país de Brobdingnag  

Ahora quiero contarles un poco más sobre el país de Brobdingnag, donde viví muchas aventuras. Durante mi tiempo allí, viajé por algunas partes del reino, pero nunca muy lejos de la ciudad principal, Lorbrulgrud, porque estaba al servicio de la reina. Siempre me llevaba con ella cuando acompañaba al rey en sus viajes, aunque nunca íbamos más allá de los alrededores de la ciudad. El país es realmente grande, con miles de kilómetros de largo y ancho. Esto me hizo pensar que los mapas que usamos en Europa están equivocados, porque los cartógrafos (las personas que hacen mapas) no saben que existe esta enorme tierra en el noroeste de América.
Brobdingnag es una península rodeada por montañas enormes al norte y por el mar en los otros tres lados. Las montañas son tan altas que nadie puede cruzarlas, y en las cimas hay volcanes que siempre están en erupción. Nadie sabe qué hay más allá de esas montañas, ni siquiera los habitantes más sabios de Brobdingnag. En cuanto al mar, aunque está por todos lados, no hay puertos, y la costa está llena de rocas afiladas, lo que hace que sea muy peligroso navegar. Por eso, los habitantes de Brobdingnag no tienen contacto con otros países. Aun así, sus ríos están llenos de barcos, y hay mucha pesca. Lo curioso es que ellos no pescan en el mar, porque los peces son del mismo tamaño que los de Europa, así que no les interesan. Pero de vez en cuando, una ballena se estrella contra las rocas, y la gente la come con mucho gusto. Algunas ballenas son tan grandes que solo un hombre muy fuerte puede transportar una costilla. He visto una en la mesa del rey, pero a él no le pareció muy especial.
El país está lleno de ciudades y aldeas. Hay más de cincuenta ciudades y muchas aldeas amuralladas. La ciudad principal, Lorbrulgrud, es enorme, con más de seiscientos mil habitantes y más de cincuenta mil casas. Mide unos ochenta y cinco kilómetros de largo y cuarenta kilómetros de ancho. La ciudad está dividida por un río, y yo pude recorrerla en varias ocasiones gracias a un mapa gigante que el rey mandó hacer. A veces, la reina me llevaba en un coche especial junto con mi pequeña amiga Glumdalclitch. Yo iba dentro de una caja para estar seguro, pero ella me sacaba a menudo para que pudiera ver mejor las casas y la gente, que eran gigantes comparados conmigo.
El palacio del rey es otra cosa impresionante. No es un edificio único, sino un grupo de edificios que juntos cubren más de once kilómetros. Las habitaciones principales son enormes, de más de setenta metros de altura. En nuestros paseos, Glumdalclitch me sacaba para que pudiera observar todo desde su mano, mientras nos llevaban en una silla especial por las calles de la ciudad.
Un día, fuimos a ver el templo más importante del reino, que tenía la torre más alta del país. Sin embargo, me sentí algo decepcionado, porque aunque la torre era muy alta, no era tan sorprendente comparada con las construcciones europeas. Eso sí, los detalles del templo eran hermosos: las paredes estaban decoradas con estatuas de dioses y emperadores, todas hechas de mármol y mucho más grandes que cualquier estatua que haya visto en Europa.
También visité la cocina del rey, que era impresionante. El techo tenía casi doscientos metros de alto, y el horno era enorme, aunque no tan grande como algunas cúpulas de iglesias en mi país. Pero lo más sorprendente eran los enormes asadores, las parrillas y las enormes ollas donde cocinaban la comida.
Aunque vivía dentro de una caja, la reina encargó que me hicieran una versión más pequeña para los viajes. Esta caja era como una pequeña habitación con ventanas, y la usaba cuando viajábamos a caballo o en coche. De esta manera, podía ver todo el paisaje a través de las ventanas mientras recorríamos el país. Hubiera vivido bastante feliz en aquella tierra si mi pequeñez no me hubiese expuesto a diversos accidentes molestos y ridículos, algunos de los cuales conté en mis aventuras.

 La vuelta de Gulliver

 
Después de tanto tiempo en el extraño país de los gigantes, no podía dejar de anhelar mi hogar en Inglaterra. Había vivido aventuras increíbles, pero la soledad y el deseo de libertad me pesaban en el corazón. 
Un día, mientras viajaba con el rey y la reina en mi caja de viaje, una idea de escape comenzó a tomar forma en mi mente. 
El rey decidió que haríamos un viaje a la costa sur del reino, y yo, como siempre, fui llevado en mi caja. Miré por la ventana y vi el vasto mar, que representaba mi única esperanza de salir de aquel lugar. No podía dejar de pensar en cómo escaparme. “Si solo pudiera encontrar una manera de salir de aquí”, pensé. Mi corazón latía con fuerza al imaginar la libertad. 
Cuando llegamos a la costa, me sentía un poco enfermo. Fingí estar más enfermo de lo que realmente estaba y le pedí a Glumdalclitch, mi querida cuidadora, que me dejara tomar el aire fresco. Ella me miró con preocupación y dijo: 
— ¡Oh, Gulliver! Ten cuidado, no quiero perderte. Con un suspiro, me concedió permiso, pero sus ojos mostraban una tristeza que me conmovía. Un joven sirviente me llevó a la playa, y al asomarme por la ventana, el mar me llenó de esperanza. 
—Este es el lugar donde podría encontrar mi libertad —murmuré para mí mismo. Pero mientras estaba allí, me sentí más enfermo y decidí descansar en mi hamaca. Cerré los ojos y pronto caí en un profundo sueño. 
Fue entonces cuando sentí un violento tirón. —¡¿Qué está pasando?! —grité, aterrorizado. Me desperté y vi que una enorme águila había atrapado mi caja con su pico. “¡Oh no! ¡Voy a caer al mar!”, pensé. Mi corazón se aceleraba al imaginarme estrellándome contra las rocas. La caja se alzó en el aire, balanceándose como una hoja en el viento. Grité tan fuerte como pude: 
—¡Ayuda! ¡Por favor, ayúdenme! El aire se volvió frío, y de repente, la caja cayó. La caída fue aterradora, y al golpear el agua, el impacto fue brutal. “¿Estoy muerto?”, pensé, mientras la oscuridad me envolvía. Sin embargo, para mi sorpresa, mi caja flotaba. “¡Estoy vivo!”, me dije, sintiendo un rayo de esperanza en medio del miedo. Pasaron horas y la angustia me consumía. Miré por las ventanas y solo vi agua y cielo. “¿Qué pasará conmigo ahora?”, me pregunté. En ese momento, decidí que no me rendiría. Tomé mi pañuelo y lo até a un bastón, levantándolo por el agujero de la caja. 
—¡Ayuda! ¡Estoy aquí! ¡Soy un hombre atrapado en una caja! —grité con todas mis fuerzas. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, sentí un movimiento. “¿Qué es eso?”, pensé, sintiendo un tirón en mi caja. De repente, escuché voces.
—¿Hay alguien allí dentro? —preguntó una voz en inglés. —¡Sí! ¡Soy un pobre inglés en apuros! —respondí, con la voz llena de emoción. Después de algunos momentos, el carpintero del barco abrió un agujero en mi caja. Cuando finalmente salí, me encontré rodeado de hombres de estatura normal que me miraban con asombro. —¡Me llamo Gulliver! ¡He vivido aventuras extraordinarias! —les dije, sintiendo una mezcla de alivio y confusión. El capitán, el Sr. Thomas Wilcocks, me observó con curiosidad. —¿De dónde vienes? ¡Estamos muy lejos de cualquier tierra conocida! —me dijo. —He visto cosas increíbles, capitán. 
Estuve en un país donde era un gigante y en otro donde toda la gente era más grande que yo —le conté, mientras la tripulación me miraba con ojos desorbitados. 
Durante el viaje de regreso a Inglaterra, el capitán me preguntó sobre mis extrañas experiencias. Le mostré los objetos que había traído: un peine hecho de la barba del rey y un anillo que la reina me había regalado. —¡Esto es asombroso! —exclamó el capitán—. Deberías contar tu historia al mundo. Finalmente, después de meses en el mar, llegamos a Inglaterra. Al desembarcar, todo me parecía más pequeño. Las casas, los árboles, y hasta las personas se veían diminutas. —¡Cuidado! ¡No quiero pisar a nadie! —grité, recordando mi tiempo entre los gigantes.
Al llegar a casa, un criado abrió la puerta. Cuando vi a mi esposa y a mi hija, me agaché, pensando que si no lo hacía, no podrían abrazarme. —Gulliver, ¡estás de vuelta! —dijo mi esposa, corriendo a darme un abrazo. Pero yo no podía dejar de pensar que todo a mi alrededor parecía tan pequeño. —¿Estás bien, Gulliver? Te ves extraño —dijo ella, con su voz llena de preocupación. Con el tiempo, me adapté nuevamente a la vida en casa. Pero en mi corazón, sabía que mi espíritu aventurero nunca se apagaría. “Tal vez un día volveré al mar”, pensé, recordando mis emocionantes aventuras. Pero por ahora, estaba feliz de estar de vuelta con mi familia.

copia de: https://cdn2.buenosaires.gob.ar/educacion/Cuentos/relatos-de-viajes-extraordinarios.pdf

No hay comentarios:

Publicar un comentario